Porque la barba, señores, os ha hecho merecedores (sin discriminar a unos de otros) de la palabra hombres de una vez. Ha sustituido a la mili, que os convertía en hombres en cuanto al carácter, para convertiros en hombres en cuanto a la estética. Puro reflejo de los tiempos que corren.
Elegimos a un hombre con barba de otro que no la tiene por instinto. Piensa en un hombre atractivo... ¿tiene barba? En mi caso sí, salvo Hugh Jackman. Con la barba dejáis de ser niños con caras más cuidadas que las nuestras. Necesitábamos la barba para no sentir envidia también del otro género, que bastante tenemos con la inquina que abunda en nuestro sexo.
Mirad, en realidad la barba es un incordio. En las pieles sensibles causa estragos tales como: urticaria, granos o escozor, que no calma ni la crema Natusán. Exfolia, eso sí. Pero es taaaan interesante un hombre barbudo. Luego depende de los tipos de barba. Yo de pequeña, en mi ensoñación romántica perpetua, soñaba con un hombre como Bécquer: con perilla. Lo de que escriba ha sido ya mucho pedir. Así que pronto desistí de esta virtud, y de los hombres con perilla. Porque lo que está in es la barba desaliñada, un quiero y no puedo, que a menudo esconde más recortes por semana que los recortes económicos (que suceden por semana, también).
Es muy difícil no mirar y desear de alguna forma a un hombre con barba. A menos que ni con barba, que alguno hay. La barba es como las canas: de pronto está en todas partes, en todas las caras. La barba ganó Eurovisión. No hay réplica a eso.
El mayor microinfarto que recuerdo con un hombre así duró una hora y pico de conversación y acabó con vino.Y yo lo que quería era que viniera pero más cerca, y poder tocar su barba. Eso no pasó y a punto estuve del infarto entero. A día de hoy la sigo recordando...Tanto es así, que ayer en el bus me senté (por instinto todo) detrás de otro hombre con barba. Quería ser hombre, de ahí los pelos, pero era un crío. Me reproché mi criterio en horas bajas. Llevaba el pelo medio largo sujeto con diadema. Se recostó contra el cristal, la melena llena de hebras doradas y esos ricitos en las sienes, y la diadema resbalaba hacia mi pierna. Me dieron ganas de tocar su pelo. Me llegaba su olor (soy muy de olores).
Recostó tanto la cabeza que pude observar su barba tan perfecta. Y era rubia. Y pensé que no tenía nada que ver con esa barba negra que aún en el bus me fue quitando el sueño y que aún me resulta tan ajena.
